Por alguna extraña razón, en un recóndito lugar de mi alma, el dolor por el amor perdido, sigue tan vivo como el primer día, duele tanto como cuando ese grito desgarrador y ahogado, salió de lo más profundo de mi ser, cuando al procesar esas frías palabras de despedida, sentí que moría, que nada en mi vida tenía sentido y nada volvería a tenerlo jamás.
Ha pasado mucho tiempo ya desde aquel momento, pero luego de años de haberlo vivido, de años de trabajo para dar un sentido a ese dolor y estar absolutamente convencida de ser fuerte, de haber superado exitosamente esa experiencia desagradable, el más mínimo estímulo, trae al presente todo el dolor de ese momento.
Desde ese tiempo me he preguntado si el dolor que sentí en ese momento podrá compararse con la perdida del ser amado cuando éste muere. De cierta forma, el hombre que amaba murió, ya que desapareció para siempre de mi vida, murió para mí. Supe en el momento en que dijo “ya no te amo”, que no volvería a verlo, que no volvería a escuchar su voz, ni su risa, que no se cumplirían todos esos sueños que habíamos construido juntos, que no habría una casa pequeña, con una biblioteca acogedora, con niños corriendo y riendo entre nosotros. Ya no habría nada, porque él desaparecía, moría para mí.
Fue una tarea enorme aprender a vivir nuevamente sin él, al menos un año me tomó dejar de esperarlo, dejar de creer que un día volvería para decirme que se había equivocado, que había descubierto que no podía vivir sin mí. Por supuesto, eso nunca pasó, por más que esperé y esperé, ése al que vestí de príncipe, nunca llegó.
Hace tiempo que asumí que nunca llegará, dejé de esperarlo desde hace mucho, pero el dolor revive de vez en cuando. Cuando eso pasa, lloro por horas, hasta que no queda una sola lágrima dentro de mí, hasta que otra vez mi alma está en calma, el dolor ha sido aplacado y ya no siento que moriré producto del inmenso vacío que la partida de ese hombre, al que amé como jamás había amado, dejó en mí.
He aprendido a vivir con ese vacío, a convivir con él sin ya querer eliminarme para poder dejar el dolor atrás, volví, aún vacía, a hacer todo lo que hacía antes, volví a caminar, a comer, a trabajar, a leer y a hacer muchas de las cosas que amaba antes que él detuviese mi mundo y que todo lo que conocía hasta ese momento, dejara de tener importancia para mí. En estos años conviviendo con el vacío de mi alma, incluso he ido descubriendo nuevas cosas para amar, he vuelto a sentirme feliz por momentos, he vuelto a sonreír sinceramente e incluso a veces hasta a reír a carcajadas, hasta que brotan lágrimas de mis ojos, estando tan alegre como en los viejos tiempos, tiempos en los que no había más preocupación que existir. Pero aún con momentos de felicidad, con risas, con nuevas aficiones y renovadas ganas de enfrentar al mundo, el vacío sigue ahí, y cada día, en algún momento, me recuerda que está, que aunque ya no sea tan seguido como antes, sigo llorando por ese hombre al que he llamado, sin saber todavía muy bien por qué, “el hombre de mi vida”. Me repetido hasta el cansancio, que el hombre de mi vida jamás podría haberme dado tantas tristezas como me ha dado éste, pero como diría Neruda “mi alma no se contenta con haberle perdido…”. Lo que la pérdida de él causó en mí vida, fue un desequilibrio total, la pérdida de toda ilusión y ganas de vivir. Reconstruir al menos una sombra de lo que tenía antes que él existiera para mí, ha sido un proceso enormemente difícil, solitario y doloroso, tanto o más doloroso que la pérdida misma.
No sé si alguien pueda entender el dolor y el vacío, tampoco la nostalgia por los momentos hermosos que viví junto a él, no sé si alguien pueda entender el dolor por la pérdida de una persona que nunca amó, que sólo mintió y jugó con los sentimientos de quien se entrego al amor por él, sin cuestionamientos, sin defensas, en completa transparencia y honestidad. Yo tampoco puedo entenderlo, y aún así, el dolor y el vacío que siento no pueden ponerse en palabras que puedan expresar en su real dimensión los estragos que este amor me ha causado, he llegado incluso a pensar, que los males que ha causado en mí van más allá de lo espiritual. Este sentimiento de amor, desamor y dolor ha llegado a dañarme físicamente, ha atrofiado no tan sólo mi alma, sino también mi cuerpo.
Metafóricamente siempre decimos que nuestro corazón se destroza cuando se sufre una decepción amorosa, pero siento que de alguna forma, eso es cierto, el dolor que se sufre por amor también es físico, y duele precisamente, donde se ubica el corazón. No tengo idea si lo que duele realmente es ese músculo que no hace más que bombear sangre, pero sé que si no es el corazón lo que duele, algo que está cerca de él, sí. En realidad, todo duele cuando sufrimos por amor, físicamente cada célula está dañada y lo expresa enviando a nuestro cerebro la sensación de dolor para que le prestemos atención, pero ¿Cómo prestar atención a algo tan básico e insignificante como el dolor de nuestro cuerpo, cuando estamos completamente destrozados en lo más profundo de nuestro ser, en nuestros sentimientos, en nuestras ilusiones, en los sueños que ya no cumpliremos y que tampoco queremos cumplir si no es con la persona con la que los compartimos?. En el momento en que el desamor llega a nuestras vidas, ya nada importa más que el dolor que nos eso nos causa, da lo mismo vivir o morir, existir o no, lo único importante es el desgarrador sentimiento de pérdida, de vacío y la completa seguridad de ser insignificantes e invisibles para el resto del mundo… y para Dios.
Y es a Dios a quien le he preguntado millones de veces por qué el hombre al que adoraba, por el cual hubiese dado mi vida, me hizo tanto daño. Aún no he encontrado la respuesta, tal vez porque he estado formulando la pregunta de manera equivocada, tal vez la pregunta debiese ser ¿Cómo llegue a amar a esa persona, sabiendo desde el principio que no era lo que quería en realidad? Y esa pregunta no debo dirigirla a Dios, ya que la respuesta está dentro de mí, pero todavía no he tenido el valor para dejar que la respuesta salga a la luz y la reprimenda venga y diga lo que tenga que decir. Y seguramente no lo he hecho porque es mucho más fácil buscar respuestas en el exterior que dentro de mi propio ser, algunas veces hace falta demasiada valentía para escucharse, es preferible seguir escuchando el loco y ensordecedor ruido del mundo, el mismo ruido que nos agobia y del cual queremos escapar permanentemente, es finalmente la excusa perfecta que tenemos para hacer oídos sordos a lo que nuestros propios pensamientos tienen que decirnos y reprocharnos. Pero aunque fuese valiente y me atreviese a escuchar mi propia reprimenda, eso no hará desaparecer el amor, el desamor, las ilusiones destrozadas y el dolor.
Quisiera que el amor terminara cuando la relación se acaba, pero algunas (o muchas) estamos condenadas a amar después de amar, a esperar lo inesperable, a creer por siempre que un día aparecerá el hada madrina que convertirá en carroza una calabaza y (lo mas importante), transformará en príncipe al sapo en que, sin una razón más poderosa que el no querer estar solas, hemos puesto nuestros ojos. ¡Cuántos sapos hay que hemos querido transformar en príncipes!, y obstinadas con aquella idea, ¿Cuántos príncipes disfrazados de sapos habremos visto pasar por nuestro lado sin siquiera reparar en que un día se cruzaron con nuestras vidas?
Aunque ya entendí que el príncipe al que amaba no era más que un sapo mal disfrazado, y he decidido que no quiero un sapo más en mi vida, que estoy dispuesta a esperar el tiempo que sea necesario, por el príncipe que tomara mi mano y me acompañará por el resto del camino, de todas formas el dolor no se ha ido, sigue ahí, casi como burlándose de mis sentimientos, espiándome en espera del momento justo para volver a hacerse presente, para recordarme que por más meses o años que pasen, por mas fuerte que crea que me he hecho en todo este tiempo, no puedo combatir con su presencia. Los trozos de mi alma destruida, que a duras penas han ido uniéndose y haciéndose fuertes otra vez, vuelven a derrumbarse cuando el dolor da señales de su omnipotente capacidad para destruir mi felicidad, mi vida, una y otra vez, por el tiempo que se le antoje, hasta que considere que dañarme ha dejado de ser un juego divertido y se marche para dañar a alguien más.
He aprendido que por más que entienda que ese amor sólo me dañaba, que seguir sufriendo por él es una pérdida de valioso tiempo y energía, mis sentimientos no cambiarán, no harán lo que la razón ordena, harán lo que quieran y cuando lo quieran, ya que con ellos, la fuerza es inútil. Este dolor se irá cuando lo decida, tal vez, cuando en mí no quede esperanza alguna, cuando los hermosos recuerdos sean tan lejanos y estén tan desgastados, que el color sepia que irán adquiriendo con el paso del tiempo, logre que el amor se convierta finalmente en olvido.
Esperado olvido que se ha negado a llegar definitivamente hasta ahora. Tal vez mi propia confusión sobre lo que quiero olvidar es lo que hace que no llegue, todavía no sé si lo que debo olvidar es el amor o solamente el indescriptible dolor que el abandono dejó como secuela. Olvido que sólo permanece junto a mí por momentos, momentos felices en los que mi vida vuelve a ser mágica. Quiero que la magia en mi vida esté permanentemente presente, y eso puedo lograrlo únicamente con el olvido definitivo, cuando el recuerdo de lo vivido sea como una película vista hace mucho, de la que solamente se recuerdan vagamente algunas escenas, y que no provoca ninguna emoción. Así quiero recordar esta historia en la que a él le tocaron risas y lágrimas, y a mí, sólo las lágrimas, lágrimas de las que no me arrepiento, aprendí mucho con cada una de ellas, pero considero que ha sido suficiente de lágrimas, hoy quiero risas.
Existe una forma más de lograr el tan esperado olvido, menos probable de llevarse a cabo que el simple transcurso del tiempo, pero una forma al fin. Esa posibilidad es la de encontrar a ese hombre que me amará por siempre, que será mi amigo, mi compañero, mi cómplice. Si ese príncipe, que no se jacta de serlo o que tal vez ni siquiera esté enterado que es un príncipe, y menos de ser el mío, aparece, entonces todo dolor sentido en el pasado, desaparecerá mágicamente, como si un hada madrina usara su varita para lograrlo, y entonces, ya sólo habrá paz y felicidad en el alma, sólo risas y lágrimas de alegría y regocijo, ya no dolores físicos como consecuencia de dolores espirituales, sólo bienestar por haber encontrado a quien se ha esperado una vida entera, por quien se ha renunciado a muchas cosas, pero también, quien recompensa con verdadero y puro amor, cada uno de los dolores, las caídas, y las desilusiones sufridas antes de su llegada.
Siendo realista, es difícil que, al menos en el corto plazo, aparezca el hombre al que pueda entregarme completamente, sin miedos, sin resguardos, porque es el hombre que jamás me hará daño y me amara por siempre. Como hace mucho concluí que el amor siempre tiene un fin, la promesa de amor eterno no es relevante para mí, prefiero la sinceridad de la promesa de amar mientras el sentimiento dure, ya que eso me asegura que no se prolongará artificialmente la relación, que es, después de todo, lo que más daño hace.
Pero como creo que eso no es factible, al menos por ahora, creo que tendré que asumir el dolor del amor unilateral, solitario, que se alegra con las alegrías del otro, aun cuando esas alegrías no incluyen ni en el más pequeño de los pensamientos, a quien tanto a sufrido por no tenerlo cerca, por no compartir ya más sueños, esperanzas, o un proyecto de vida común.
Amor solitario, amor que no tiene que transformarse en una pesada carga, sino que puede (y debe) transformarse en energía que dé la posibilidad de desarrollar capacidades desconocidas hasta ese momento, o entrega hacia los otros muchos tipos de amor que podemos experimentar, lo que hará que estemos preparados para reconocer al príncipe disfrazado de sapo, cuando se cruce en nuestro camino, y podamos dar gracias y sentir la plenitud que hemos buscado desde siempre. Y no pierdo la esperanza de algún día experimentar esa plenitud, ya que estoy segura, que en algún lugar del universo, está esperándome y pensando en mí, ese ser que desde muy niña he encontrado en mis sueños. Sé que él también me ha soñado desde hace mucho, y que un día, no se donde ni cuando, nos encontraremos, y ya nada podrá dañarnos.